La caldera, una grandiosa formación terrestre, es testigo de una historia volcánica. Con su forma circular, este vasto cráter se convierte en un reservorio de belleza y en guardián de secretos milenarios. Las piezas Caldera adoptan estos contornos, presentando un delicado patrón agrietado que evoca la renovación perpetua de la Tierra. Entre sombra y luz, el contraste del diseño se sublima gracias al cristal satinado repulido, distintivo de Lalique, que aporta un realismo y una estética únicos. Inspirándose en este majestuoso receptáculo de la Naturaleza, Lalique lo cristaliza en jarrones, en un homenaje a una Tierra mineral que nos ofrece un espectáculo eternamente poético.